Friday, November 15, 2013

La promesa

Johnny abrió los ojos al sentir que Lizzy se levantó de la cama. Al voltearse vio a su esposa salir del cuarto hacia el baño. Eran las 6:52am.

Era una mañana tranquila y Johnny tomaba el desayuno mientras Lizzy lavaba los platos en la cocina. Johnny miró a su esposa y la observó un rato pensando en lo hermosa que era y lo suertudo que había sido al casarse con ella.

“Se acabó la leche”, le dijo Lizzy desde la cocina.

Unas horas más tarde, Johnny estaba en la tienda comprando la leche y recordó que tampoco había pan, que los huevos se estaban acabando y que no seria mala idea echar suerte con el premio de la lotería. Después de todo, no era extraño para él salir con más cosas de las que fue a buscar.

Pero cuando llegó a la caja registradora, no había nadie allí. Johnny miró a todos lados, era el único en la pequeña tienda en ese momento. De repente escuchó unas risitas nerviosas. Caminó un poco hasta ver que, en un rincón de la tienda, habían dos jóvenes envueltos en un apasionado beso. La chica era la cajera y el muchacho al parecer la había sorprendido en su trabajo porque tenia en su mano una flor.

Johnny los miró unos segundos, no de una manera lujuriosa, más bien admirando el valor que tenían aquellos dos al mostrar sus sentimientos en público. Rápido pensó en su bella esposa y quiso tenerla en sus brazos. Entonces recordó que debía pagar y que no era de buena educación quedarse mirando aquellos tórtolos y se aclaró la garganta.

La muchacha se sobresaltó, rió y fue rápido a trabajar. Pero el chico le volvió a tomar la mano, le robó otro beso y le entregó la flor que tenia en su mano.

Esa noche, mientras Johnny y Lizzy se cepillaban los dientes, Johnny no podía dejar de pensar en la pareja de la tienda. Cuando Lizzy terminó de cepillarse, pasó su mano por la espalda de Johnny y se dirigió al cuarto. Cuando Johnny entró al cuarto, Lizzy estaba acurrucada en la cama y con la luz apagada.

La mañana siguiente, Johnny abrió los ojos y sintió que Lizzy aun estaba en la cama. Él se volteó para verla y justo Lizzy se levantó, se sentó en la cama, respiró hondo, se levantó y caminó al baño. Eran las 6:48am.

Ni siquiera me miró. Pensó.

Esa mañana el desayuno se sintió frio y lento. Johnny estaba distraído. Algo en aquella acción lo había dejado inquieto. Él no acostumbrada a levantarse primero que su esposa.

¿Será así todos los días? ¿No se molesta en mirarme antes de seguir su camino?

Era evidente que se había quedado inquieto.

A lo mejor se aburrió de mi. No. Tienen que ser cosas mías. No se pudo aburrir tan rápido.

Johnny se agarró de ese pensamiento y volvió al desayuno.

“¿Vas a ir conmigo a la cita?” le preguntó Lizzy, haciéndolo regresar al presente.

“Sí”, respondió él sin titubear.

No pasó mucho rato en aquella oficina médica cuando Johnny recordó por qué había dejado de acompañar a su esposa a las citas. No era nada grave, solo chequeos de rutina, pero la espera era eterna en aquella oficina tan pequeña, llena de gente, y con el aire acondicionado demasiado frio.

Johnny consultó su reloj por milésima vez desde que llegaron. Habían pasado justo cinco minutos desde que lo miró por última vez.

“Voy a estirar las piernas”, le dijo a Lizzy que leía una revista.

Ella asintió sin mirarlo.

Mucho había tardado. Pensó Lizzy al verlo irse.

Afuera del edificio al menos el sol calentaba. Johnny caminó un poco para entrar en calor y escuchó unas voces que hablaban con fuerza y sentimiento. Al final de la calle pudo ver cómo una pareja discutía fuertemente. Él no podía entenderlos, pero supo que peleaban porque la mujer no dejaba de levantar las manos como si quisiera golpear el viento mientras que el hombre tenia las manos cruzadas y ni siquiera la miraba.

Johnny decidió dejar de mirar y continuó su camino.

En su aburrimiento, comenzó a ver los carros pasar y las personas que iban en ellos. Vio un sin número de personas que viajaban solas en sus carros. Pero los más que le llamaban la atención eran los que no viajaban solos.

La gran mayoría, parejas que iban en silencio, cada cual mirando hacia el lado contrario. Otro carro pasó y pudo ver al hombre conducir mientras que la mujer estaba volteada hacia el asiento trasero atendiendo un bebé que lloraba mientras que un niño de unos tres años la golpeaba con un juguete. La cara de angustia de la mujer no se comparaba a la cara de aburrimiento del hombre.

Otro carro llamó su atención porque la pareja que iba adentro estaba teniendo una conversación acalorada. La mujer miraba a su marido y movía las manos con fuerzas. El marido conducía a la vez que la miraba y sus garganta reflejaba que sus cuerdas vocales estaban siendo forzadas.

Todo el mundo se la pasa peleando o viajando solo.

De repente lo golpeó la realidad. Miró al edificio de donde había salido y decidió volver junto a su esposa antes de que se convirtiera en uno de esos que prefiere estar solo antes de pasarse peleando con su pareja.

Lizzy se sorprendió cuando Johnny entró al consultorio. Esta vez le pareció cierto que solo había ido a estirar las piernas.

Esa noche, mientras ambos se cepillaban los dientes, Johnny quería decirle a Lizzy que no podían convertirse en un matrimonio que solo peleaban. Pero Johnny reconocía uno de sus tantos defectos: le costaba encontrar las palabras correctas.

De modo que, antes de que él hablara, Lizzy terminó de cepillarse, pasó por su lado, lo tocó en la espalda como hacia usualmente y regresó a la cama.

Entonces Johnny lo supo. Se negaba a admitirlo, pero esos simples eventos le parecían demasiado conocidos. Eran más comunes que besarse apasionadamente como los tórtolos de la tienda. Incluso eran más comunes que las peleas.

Johnny caminó a su cama con miedo. No quería encontrar a su esposa acurrucada en su lado de la cama y con la luz apagada. Su corazón latía con fuerza al cruzar el umbral del cuarto. Sí. Lizzy estaba ya en su lado. Igual que la noche anterior y la noche anterior a esa.

Johnny se acostó en la cama pensando que su matrimonio no había caído en peleas acaloradas donde se dicen cosas que hieren a los otros. Pero tampoco estaba en la pasión de cuando eran novios.

Su situación era peor. Su matrimonio había caído en la monotonía. En vez de peleas, había silencio. En lugar de besos apasionados habían toquecitos en la espalda con la mano.

¡Qué rápido se me olvidó esa promesa!

El día de su boda, Johnny le había prometido a Lizzy que se esforzaría para que su matrimonio no cayera en lo aburrido y que siempre mantendría la llama encendida. Pero había fallado en hacer ambas cosas. No había cumplido su promesa y ahora solo quedaba el silencio.

Abrió los ojos en la noche. Observó a Lizzy dormir un rato y pensó que no podía permitir que eso siguiera así. No era demasiado tarde para cambiar.

Lizzy despertó descansada. Se sentó en la cama, respiró hondo y camino hacia el baño. Cuando estaba por entrar escuchó música afuera del cuarto. Se detuvo un momento, regresó para mirar hacia la cama y notó que Johnny no estaba ahí.

Eso era nuevo. En su matrimonio pocas veces Johnny se había levantado primero.

Lizzy salió del cuarto y pudo oler el café recién hecho y la comida caliente. Al llegar al comedor identificó la melodía que sonaba, una de sus favoritas del pianista Jon Schmidt. Allí la esperaba Johnny, con una expresión amorosa y el desayuno servido. Era una tortilla con trozos de tocineta y café. El favorito de ella.

Ambos tomaron el desayuno y Lizzy no podía decidir que le impresionaba más. Que Johnny le hubiese preparado el desayuno o que mantuviera una conversación de más de dos minutos. Al notar que la tocineta estaba algo quemada, decidió que la conversación era lo más impresionante.

“Báñate y vístete que hoy vamos a salir”, le dijo Johnny.

Eso sí es inesperado. Pensó ella.

Unas horas más tarde salían de una sala de cine. Johnny estaba más contento de lo usual. Lizzy no se quejaba de haber salido de su casa, pero hubiera preferido ver una película dramática en lugar de una de acción e ir a una hora donde no fuese obvio que Johnny buscaba pagar menos dinero.

La felicidad de Johnny se vio empañada cuando notó que su esposa no estaba del todo satisfecha. Primero se le fue la mano con el fuego del desayuno y ahora tenia que admitir que la película no fue la mejor elección.

“¿Para dónde vamos ahora?”, le preguntó Lizzy, esperando que la respuesta fuese regresar a la casa.

“Ahora tengo una sorpresita para ti”.

Eso sí era un milagro. Primero desayuno, luego una salida y ahora la salida iba a extenderse más. A Lizzy le comenzó a preocupar que el día terminase con el anuncio de que Johnny sufría de una enfermedad terminal.

No puede ser.

Fue el primer pensamiento que le cruzó a Lizzy al ver la pista de carros chocones a la que Johnny la llevó.  A ella siempre le había gustado ese juego, pero no creía que dos adultos se vieran bien en un juego de niños.

“Esto no tiene edad. Además, te apuesto cinco dólares a que te lo gozas”, le dijo Johnny para animarla.

Minutos más tarde, Lizzy estaba dentro de su propio auto chocón, con un casco en la cabeza y la mirada en el resto de los conductores. Todos niños.

El juego comenzó y todos empezaron a moverse y a chocar unos con otros. Lizzy estaba nerviosa y no podía ver a Johnny por ninguna parte. Empezó a sentirse ansiosa cuando no lo encontró. Conociéndolo debía estar tramando tomarla por sorpresa.

¡BAM!

Un auto chocó contra Lizzy por la espalda. Cuando se volteó vio a una pequeña niña que le sonreía nerviosa.

“Perdón”, le dijo la niña.

Lizzy sabía que la pobre niña no debía disculparse. Golpear los autos contrarios era parte del juego. Entonces pudo ver a Johnny chocando contra otros dos niños y riendo mucho. Lizzy decidió tomar el volante, respirar hondo y pisar el acelerador.

¡BAM!

Llegó con fuerza hasta el carro de la niña que le había dado primero. La niña le sonrió, pisó reversa y tomó impulso para regresarle el golpe a toda velocidad.

Lizzy no podía recordar la última vez que rió tanto.

Entre choques terminó chocando de frente con Johnny, ambos se rieron un rato y entonces, ¡BAM! Un niño golpeó el carro de Lizzy por detrás. Johnny comenzó a reírse hasta que vio que la expresión de su esposa era de genuino dolor.

Johnny puso una bolsa de hielo en la espalda de Lizzy. Ella sentía mucho dolor, pero tuvo que admitir que la pasó bien. Así que metió la mano en su bolso y sacó un billete de cinco. Johnny tomó el dinero (cosa que no le sorprendió), y le compró un helado. Ese era el Johnny del que ella se había enamorado, siempre haciéndola feliz.

Tal vez Johnny estaba en su modo romántico o tal vez lo hacia para ayudarla a caminar, como fuese, Lizzy disfrutó de una romántica caminada tomados de las manos. Había sido un día hermoso.

Pararon frente a un lindo restaurante y Johnny la invitó a entrar. Allí tuvieron una romántica cena con el atardecer a un lado y su esposo al otro. Esa fue la cereza del pastel. Lizzy había tenido su mejor día en años junto a su marido.

Esa noche fueron hablando y riendo todo el camino hasta su hogar. Cuando se estacionaron, Johnny se le quedó mirando fijamente.

“Te prometo que voy a cumplir mi promesa”.

Lizzy se quedó confundida.

“En la boda te prometí mantener la llama encendida y había olvidado como hacerlo. Te prometo que no volverá a pasar”.

“Hay que hacerlo más a menudo”, le respondió ella.

“Vas a ver que sí”.

Mientras ambos se cepillaban los dientes y se preparaban para dormir, Johnny no podía dejar de pensar en lo bien que la había pasado.  Como siempre, Lizzy terminó primero, pasó su mano por la espalda de Johnny y caminó al cuarto.

Un escalofrío recorrió la espalda de Johnny. No podía ser que después de tanto esfuerzo la noche fuera a acabar igual que todas las demás.

Cuando se enjuagaba la boca, Lizzy regresó, puso algo sobre el lavamanos y abrazó con fuerzas a Johnny. Él se volteó, la miró de cerca y la besó de la manera más apasionada que pudo. Tal y como lo hicieron los tórtolos de la tienda.

“Te amo”, susurró ella al separarse.

Lizzy salió del baño y le guiñó un ojo a su esposo.

Cuando Johnny miró el lavamanos vio que Lizzy le había dejado un vaso con agua y unas pastillas. Johnny sonrió para sí al recordar que a sus 73 años y 47 de matrimonio ahora necesitaba un poco de ayuda para terminar bien la noche.


Johnny tomó sus pastillas, salió del baño y fue al cuarto donde su hermosa esposa esta vez lo esperaba despierta.

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