Johnny
abrió los ojos al sentir que Lizzy se levantó de la cama. Al voltearse vio a su
esposa salir del cuarto hacia el baño. Eran las 6:52am.
Era
una mañana tranquila y Johnny tomaba el desayuno mientras Lizzy lavaba los
platos en la cocina. Johnny miró a su esposa y la observó un rato pensando en
lo hermosa que era y lo suertudo que había sido al casarse con ella.
“Se
acabó la leche”, le dijo Lizzy desde la cocina.
Unas
horas más tarde, Johnny estaba en la tienda comprando la leche y recordó que
tampoco había pan, que los huevos se estaban acabando y que no seria mala idea
echar suerte con el premio de la lotería. Después de todo, no era extraño para
él salir con más cosas de las que fue a buscar.
Pero
cuando llegó a la caja registradora, no había nadie allí. Johnny miró a todos
lados, era el único en la pequeña tienda en ese momento. De repente escuchó
unas risitas nerviosas. Caminó un poco hasta ver que, en un rincón de la
tienda, habían dos jóvenes envueltos en un apasionado beso. La chica era la
cajera y el muchacho al parecer la había sorprendido en su trabajo porque tenia
en su mano una flor.
Johnny
los miró unos segundos, no de una manera lujuriosa, más bien admirando el valor
que tenían aquellos dos al mostrar sus sentimientos en público. Rápido pensó en
su bella esposa y quiso tenerla en sus brazos. Entonces recordó que debía pagar
y que no era de buena educación quedarse mirando aquellos tórtolos y se aclaró
la garganta.
La
muchacha se sobresaltó, rió y fue rápido a trabajar. Pero el chico le volvió a
tomar la mano, le robó otro beso y le entregó la flor que tenia en su mano.
Esa
noche, mientras Johnny y Lizzy se cepillaban los dientes, Johnny no podía dejar
de pensar en la pareja de la tienda. Cuando Lizzy terminó de cepillarse, pasó
su mano por la espalda de Johnny y se dirigió al cuarto. Cuando Johnny entró al
cuarto, Lizzy estaba acurrucada en la cama y con la luz apagada.
La
mañana siguiente, Johnny abrió los ojos y sintió que Lizzy aun estaba en la
cama. Él se volteó para verla y justo Lizzy se levantó, se sentó en la cama,
respiró hondo, se levantó y caminó al baño. Eran las 6:48am.
Ni
siquiera me miró. Pensó.
Esa
mañana el desayuno se sintió frio y lento. Johnny estaba distraído. Algo en aquella
acción lo había dejado inquieto. Él no acostumbrada a levantarse primero que su
esposa.
¿Será
así todos los días? ¿No se molesta en mirarme antes de seguir su camino?
Era
evidente que se había quedado inquieto.
A
lo mejor se aburrió de mi. No. Tienen que ser cosas mías. No se pudo aburrir
tan rápido.
Johnny
se agarró de ese pensamiento y volvió al desayuno.
“¿Vas
a ir conmigo a la cita?” le preguntó Lizzy, haciéndolo regresar al presente.
“Sí”,
respondió él sin titubear.
No
pasó mucho rato en aquella oficina médica cuando Johnny recordó por qué había
dejado de acompañar a su esposa a las citas. No era nada grave, solo chequeos
de rutina, pero la espera era eterna en aquella oficina tan pequeña, llena de
gente, y con el aire acondicionado demasiado frio.
Johnny
consultó su reloj por milésima vez desde que llegaron. Habían pasado justo
cinco minutos desde que lo miró por última vez.
“Voy
a estirar las piernas”, le dijo a Lizzy que leía una revista.
Ella
asintió sin mirarlo.
Mucho
había tardado. Pensó Lizzy al verlo irse.
Afuera
del edificio al menos el sol calentaba. Johnny caminó un poco para entrar en
calor y escuchó unas voces que hablaban con fuerza y sentimiento. Al final de
la calle pudo ver cómo una pareja discutía fuertemente. Él no podía
entenderlos, pero supo que peleaban porque la mujer no dejaba de levantar las
manos como si quisiera golpear el viento mientras que el hombre tenia las manos
cruzadas y ni siquiera la miraba.
Johnny
decidió dejar de mirar y continuó su camino.
En
su aburrimiento, comenzó a ver los carros pasar y las personas que iban en
ellos. Vio un sin número de personas que viajaban solas en sus carros. Pero los
más que le llamaban la atención eran los que no viajaban solos.
La
gran mayoría, parejas que iban en silencio, cada cual mirando hacia el lado
contrario. Otro carro pasó y pudo ver al hombre conducir mientras que la mujer
estaba volteada hacia el asiento trasero atendiendo un bebé que lloraba
mientras que un niño de unos tres años la golpeaba con un juguete. La cara de
angustia de la mujer no se comparaba a la cara de aburrimiento del hombre.
Otro
carro llamó su atención porque la pareja que iba adentro estaba teniendo una
conversación acalorada. La mujer miraba a su marido y movía las manos con
fuerzas. El marido conducía a la vez que la miraba y sus garganta reflejaba que
sus cuerdas vocales estaban siendo forzadas.
Todo
el mundo se la pasa peleando o viajando solo.
De
repente lo golpeó la realidad. Miró al edificio de donde había salido y decidió
volver junto a su esposa antes de que se convirtiera en uno de esos que
prefiere estar solo antes de pasarse peleando con su pareja.
Lizzy
se sorprendió cuando Johnny entró al consultorio. Esta vez le pareció cierto
que solo había ido a estirar las piernas.
Esa
noche, mientras ambos se cepillaban los dientes, Johnny quería decirle a Lizzy
que no podían convertirse en un matrimonio que solo peleaban. Pero Johnny
reconocía uno de sus tantos defectos: le costaba encontrar las palabras correctas.
De
modo que, antes de que él hablara, Lizzy terminó de cepillarse, pasó por su
lado, lo tocó en la espalda como hacia usualmente y regresó a la cama.
Entonces
Johnny lo supo. Se negaba a admitirlo, pero esos simples eventos le parecían
demasiado conocidos. Eran más comunes que besarse apasionadamente como los
tórtolos de la tienda. Incluso eran más comunes que las peleas.
Johnny
caminó a su cama con miedo. No quería encontrar a su esposa acurrucada en su
lado de la cama y con la luz apagada. Su corazón latía con fuerza al cruzar el
umbral del cuarto. Sí. Lizzy estaba ya en su lado. Igual que la noche anterior
y la noche anterior a esa.
Johnny
se acostó en la cama pensando que su matrimonio no había caído en peleas
acaloradas donde se dicen cosas que hieren a los otros. Pero tampoco estaba en
la pasión de cuando eran novios.
Su
situación era peor. Su matrimonio había caído en la monotonía. En vez de
peleas, había silencio. En lugar de besos apasionados habían toquecitos en la
espalda con la mano.
¡Qué
rápido se me olvidó esa promesa!
El
día de su boda, Johnny le había prometido a Lizzy que se esforzaría para que su
matrimonio no cayera en lo aburrido y que siempre mantendría la llama
encendida. Pero había fallado en hacer ambas cosas. No había cumplido su
promesa y ahora solo quedaba el silencio.
Abrió
los ojos en la noche. Observó a Lizzy dormir un rato y pensó que no podía
permitir que eso siguiera así. No era demasiado tarde para cambiar.
Lizzy
despertó descansada. Se sentó en la cama, respiró hondo y camino hacia el baño.
Cuando estaba por entrar escuchó música afuera del cuarto. Se detuvo un
momento, regresó para mirar hacia la cama y notó que Johnny no estaba ahí.
Eso
era nuevo. En su matrimonio pocas veces Johnny se había levantado primero.
Lizzy
salió del cuarto y pudo oler el café recién hecho y la comida caliente. Al
llegar al comedor identificó la melodía que sonaba, una de sus favoritas del
pianista Jon Schmidt. Allí la esperaba Johnny, con una expresión amorosa y el
desayuno servido. Era una tortilla con trozos de tocineta y café. El favorito
de ella.
Ambos
tomaron el desayuno y Lizzy no podía decidir que le impresionaba más. Que
Johnny le hubiese preparado el desayuno o que mantuviera una conversación de
más de dos minutos. Al notar que la tocineta estaba algo quemada, decidió que
la conversación era lo más impresionante.
“Báñate
y vístete que hoy vamos a salir”, le dijo Johnny.
Eso
sí es inesperado. Pensó ella.
Unas
horas más tarde salían de una sala de cine. Johnny estaba más contento de lo
usual. Lizzy no se quejaba de haber salido de su casa, pero hubiera preferido
ver una película dramática en lugar de una de acción e ir a una hora donde no
fuese obvio que Johnny buscaba pagar menos dinero.
La
felicidad de Johnny se vio empañada cuando notó que su esposa no estaba del
todo satisfecha. Primero se le fue la mano con el fuego del desayuno y ahora
tenia que admitir que la película no fue la mejor elección.
“¿Para
dónde vamos ahora?”, le preguntó Lizzy, esperando que la respuesta fuese
regresar a la casa.
“Ahora
tengo una sorpresita para ti”.
Eso
sí era un milagro. Primero desayuno, luego una salida y ahora la salida iba a
extenderse más. A Lizzy le comenzó a preocupar que el día terminase con el
anuncio de que Johnny sufría de una enfermedad terminal.
No
puede ser.
Fue
el primer pensamiento que le cruzó a Lizzy al ver la pista de carros chocones a
la que Johnny la llevó. A ella siempre
le había gustado ese juego, pero no creía que dos adultos se vieran bien en un
juego de niños.
“Esto
no tiene edad. Además, te apuesto cinco dólares a que te lo gozas”, le dijo
Johnny para animarla.
Minutos
más tarde, Lizzy estaba dentro de su propio auto chocón, con un casco en la
cabeza y la mirada en el resto de los conductores. Todos niños.
El
juego comenzó y todos empezaron a moverse y a chocar unos con otros. Lizzy
estaba nerviosa y no podía ver a Johnny por ninguna parte. Empezó a sentirse
ansiosa cuando no lo encontró. Conociéndolo debía estar tramando tomarla por
sorpresa.
¡BAM!
Un
auto chocó contra Lizzy por la espalda. Cuando se volteó vio a una pequeña niña
que le sonreía nerviosa.
“Perdón”,
le dijo la niña.
Lizzy
sabía que la pobre niña no debía disculparse. Golpear los autos contrarios era
parte del juego. Entonces pudo ver a Johnny chocando contra otros dos niños y
riendo mucho. Lizzy decidió tomar el volante, respirar hondo y pisar el
acelerador.
¡BAM!
Llegó
con fuerza hasta el carro de la niña que le había dado primero. La niña le
sonrió, pisó reversa y tomó impulso para regresarle el golpe a toda velocidad.
Lizzy
no podía recordar la última vez que rió tanto.
Entre
choques terminó chocando de frente con Johnny, ambos se rieron un rato y
entonces, ¡BAM! Un niño golpeó el carro de Lizzy por detrás. Johnny comenzó a
reírse hasta que vio que la expresión de su esposa era de genuino dolor.
Johnny
puso una bolsa de hielo en la espalda de Lizzy. Ella sentía mucho dolor, pero
tuvo que admitir que la pasó bien. Así que metió la mano en su bolso y sacó un
billete de cinco. Johnny tomó el dinero (cosa que no le sorprendió), y le
compró un helado. Ese era el Johnny del que ella se había enamorado, siempre
haciéndola feliz.
Tal
vez Johnny estaba en su modo romántico o tal vez lo hacia para ayudarla a
caminar, como fuese, Lizzy disfrutó de una romántica caminada tomados de las
manos. Había sido un día hermoso.
Pararon
frente a un lindo restaurante y Johnny la invitó a entrar. Allí tuvieron una
romántica cena con el atardecer a un lado y su esposo al otro. Esa fue la
cereza del pastel. Lizzy había tenido su mejor día en años junto a su marido.
Esa
noche fueron hablando y riendo todo el camino hasta su hogar. Cuando se
estacionaron, Johnny se le quedó mirando fijamente.
“Te
prometo que voy a cumplir mi promesa”.
Lizzy
se quedó confundida.
“En
la boda te prometí mantener la llama encendida y había olvidado como hacerlo.
Te prometo que no volverá a pasar”.
“Hay
que hacerlo más a menudo”, le respondió ella.
“Vas
a ver que sí”.
Mientras
ambos se cepillaban los dientes y se preparaban para dormir, Johnny no podía
dejar de pensar en lo bien que la había pasado.
Como siempre, Lizzy terminó primero, pasó su mano por la espalda de
Johnny y caminó al cuarto.
Un
escalofrío recorrió la espalda de Johnny. No podía ser que después de tanto
esfuerzo la noche fuera a acabar igual que todas las demás.
Cuando
se enjuagaba la boca, Lizzy regresó, puso algo sobre el lavamanos y abrazó con
fuerzas a Johnny. Él se volteó, la miró de cerca y la besó de la manera más
apasionada que pudo. Tal y como lo hicieron los tórtolos de la tienda.
“Te
amo”, susurró ella al separarse.
Lizzy
salió del baño y le guiñó un ojo a su esposo.
Cuando
Johnny miró el lavamanos vio que Lizzy le había dejado un vaso con agua y unas
pastillas. Johnny sonrió para sí al recordar que a sus 73 años y 47 de
matrimonio ahora necesitaba un poco de ayuda para terminar bien la noche.
Johnny
tomó sus pastillas, salió del baño y fue al cuarto donde su hermosa esposa esta
vez lo esperaba despierta.

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