El viaje a casa
Por: David A. Maldonado
Mike se levantó al escuchar un ruido como un estallido. Se encontraba
detrás del volante de su camión e intentaba tomar el control de este. Estaba
oscuro y no podía ver nada con la lluvia que caía. Finalmente logró orillar su
camión y detenerse. Su corazón latía como el de un caballo de carreras. No
recordaba haberse quedado dormido, de hecho, no recordaba haber estado en su
camión.
Miró a su alrededor dentro de la cabina y vio el manifiesto de la carga
que llevaba. Abrió la visera y ahí estaba la fotografía de su esposa Caroline
junto a sus dos hijos. Sí, ese era su camión. Fue entonces cuando se percató de
la hora.
¿Las tres de la madrugada? Debí
haber parado en el último motel, pensó. Solo que no recordaba haber pasado ninguno.
El indicador de combustible marcaba el tanque lleno. No debía haber
conducido tanto desde que lo llenó. Pero entonces, ¿Por qué no recordaba haber
estado conduciendo?
Mike bajó del camión. La lluvia evitaba que pudiera ver más de tres pies
delante de él. No vio luces de una parada de camiones, ni detrás ni delante del
camino. Revisó el camión buscando el motivo del ruido. Finalmente lo vio,
cuatro neumáticos hechos pedazos.
¿Cómo es posible?
Era poco común que se reventara una llanta, muy extraño perder dos,
pero, ¿cuatro? Aquello no tenía precedentes.
Volvió a subir al camión para escapar de la lluvia, encendió su radio
pero solo escuchaba estática.
“Aquí azul 1-8-9 solicitando asistencia en la carretera”, dijo Mike
mientras intentaba ubicar su paradero en un mapa. “Perdí cuatro neumáticos y
necesito respuestos.” Solo le respondía la estática.
A sus 37 años Michael no era un tipo que se asustara ni preocupara
fácilmente. Llevaba diez años conduciendo su camión por todo el país y otros
diez en el servicio militar donde había viajado 3 veces a Irak y Afganistán. Siempre
había tenido una misión, siempre la había cumplido y siempre había regresado a
casa a salvo. Pero esta noche tenía algo particular que le hacía sentir una
corriente de aire frío por la nuca.
No puedo hacer nada hasta que pare
de llover, se dijo a sí
mismo. Bajó la visera para ver la fotografía de Caroline y sus hijos. Cuanta
falta le hacían en ese momento. ¿Cuánto había pasado desde la última vez que
los vio? ¿Dos, tres días? Eso era lo que le preocupaba. No tenía ni idea de
donde estaba ni por cuanto tiempo había conducido. Los nervios y la ansiedad no
lo dejaban tranquilo. Se hacía tarde y tenía que llegar ya.
¿Llegar a dónde? No tengo ni idea de
a dónde voy.
Cada minuto que pasaba se sentía como una hora. Bien pudo haber estado
allí por diez minutos o toda una noche, pero el sol no salía ni la lluvia dejaba
de caer. Recostó su rostro contra el cristal de su puerta y vio su reflejo. Le
había prometido a su esposa que se recortaría el cabello y se afeitaría la
barba pero no lo había cumplido, al menos no todavía. Sin darse cuenta Mike
dejó escapar una sonrisa.
Estoy en medio de la nada y sin
nadie a quien recurrir y solo puedo pensar en que no me he cortado el cabello. Sintió que eran curiosas y
chistosas las cosas en las que uno piensa en situaciones complicadas.
Mike cerró sus ojos e intentó consolidar el sueño.
Mañana sigo mi camino, a donde sea
que vaya.
¡BOOM!
Una explosión lo sobresaltó e instintivamente abrió la puerta del camión
y calló al suelo.
El sol brillaba en la parte más alta del cielo, directo a sus ojos. Se
escuchaban disparos por todas partes. Mike se arrastró por el suelo sujetando
con fuerza su arma.
“¡Cúbranse, cúbranse!”
“¡Hostiles a las tres y a las seis!”
“¡Sal de ahí Johnson!”
Eran órdenes por todos lados y Mike no alcanzaba a entender lo que
sucedía. Entonces lo vio. El convoy que iba justo delante de él estaba en
llamas, había sido atacado por un lanza granadas o una bomba.
“¡Almeida! Ayuda a Mugetti y entren a esa casa”, le gritaba su sargento.
“¡Todos adentro, cúbranse, cúbranse”.
Mike vio a Mugetti, un muchacho de solo 20 años en el suelo. Su pierna
sangraba y él gritaba de dolor. Mike lo ayudó a levantarse, echó el brazo del
herido por encima de su hombro y corrió lo más rápido que pudo hacia el refugio
que era una casa abandonada.
“¡Médico!”, gritaba Michael a la vez que revisaba la pierna de su
compañero.
“¿Cómo está?”, le preguntó el sargento.
“Necesita un doctor”, le contestó Mike.
“Brown iba en el otro convoy”, le susurró el sargento. “Hazle un
torniquete para parar el sangrado. Johnson, toma la radio y pide refuerzos”.
Sin médico y siendo atacados en pleno Bagdad a medio día. Aquel día no
podía terminar bien. Michael tomó un pedazo de tela y lo apretó lo más fuerte
que pudo en la herida de Mugetti. El muchacho lloraba y se aferraba a la manga
de Mike.
“No quiero morir”, lloraba el joven mientras Mike lo atendía.
“No te vas a morir. Resiste, la ayuda viene en camino”.
Pero Mike sabía que era poco probable que salieran de allí con vida. Pensó
en Caroline. Ella estaba en casa, segura. ¿Qué iba a ser de ella si Mike no
salía de allí? Probablemente con el tiempo ella reharía su vida. Ni siquiera
tenían hijos juntos. Hijos. Lo habían pensado el primer par de años de
matrimonio pero con el servicio de Michael no lo habían hecho realidad.
Si salgo de esta me retiro y voy a
tener hijos con Caroline. Quiero una familia propia.
Caroline.
De repente Mike recordó que había dejado en el convoy la fotografía de
Caroline que siempre llevaba. Era su amuleto de la buena suerte, lo había
protegido durante sus tres giras y ahora estaba recibiendo disparos en el
camión que conducía. Nunca se había alejado de aquella foto y sintió la
urgencia de salir de allí y recuperarla. Casi podía escuchar la voz de Caroline
pidiéndole que regresara.
Esa había sido su promesa. Michael siempre le prometió que volvería,
desde antes de casarse, siempre le dijo que volvería. Cuando sus padres
decidieron mudarse de ciudad e iba a tener que alejarse de Caroline, él le
prometió que volvería por ella. Michael comenzó a sentir que estaba por romper
aquella promesa. Pero no iba a irse sin luchar.
“¡Almeida!”, le gritó el sargento. “Ve si hay alguna puerta trasera por
la que podamos salir de aquí”.
Mike se puso de pie y corrió hacia una puerta que estaba cerrada y entró
por ella.
Dentro del baño estaba Caroline llorando. Debía tener unos 16 años. Mike
tenía en sus manos un pequeño ramo de flores. Se miró en el espejo del
reluciente baño, él también tenía unos 16 y vestía su T-Shirt favorita de Guns
N Roses y los jeans.
“Se suponía que íbamos a estar juntos”, le dijo Caroline entre lágrimas.
Mike se sentó en el suelo junto a ella y puso las flores a un lado.
Acababa de dejarle caer una bomba a Caroline. Su padre había conseguido un
mejor empleo en otra ciudad y mudaría a toda la familia en unas semanas.
“Vamos a estar juntos”, la consoló él. “No sé cómo vamos a hacerlo, pero
vamos a seguir juntos y en dos años cuando termine la escuela, te prometo que
voy a volver a buscarte”.
“Sé que siempre dijiste que volverías,” comenzó a decir ella sin
mirarlo. “Pero ya no puedo seguir haciéndome esto. Ya no puedo seguir
esperando”.
“Por favor Caro”, la interrumpió. “Va a ser difícil para ambos pero
vamos a hacerlo, vas a ver. Vamos a seguir juntos. Si me amas tanto como yo a
ti, aguanta, ¿sí? Voy a volver a ti”.
Mike intentó secarle las lágrimas pero ella no lo dejó. Caroline
suspiró, como si acabara de tomar la decisión más dura de su vida y le dijo:
“Perdóname. Quédate tranquilo, los nenes y yo vamos a estar bien. Vete
en paz”.
“¿Los nenes?” Michael estaba confundido. “No voy a estar tranquilo, y no
me voy en paz. Voy a volver por ti. Espérame por favor”.
“Te amo”, respondió ella.
Parecía que Michael hablara solo. Entonces las paredes comenzaron a
hundirse. Michael miró a todos lados. Todo se hacía más alto y el baño perdía
luz. Cada vez más oscuro. Se volteó para ver a Caroline pero ella ya no estaba
allí.
“¡Auxilio!”, comenzó a gritar. “¡Sargento, sáqueme de aquí, ayuda!
BEEP
Un ruidoso sonido se escuchó por todo el baño. Michael miró a todas
partes pero no vio de dónde provenía. Dio unos pasos para atrás y se impulsó
para brincar y alcanzar la puerta. Sus manos quedaron justo en el marco y se
impulsó hacia arriba. La puerta estaba atascada y comenzó a hacerle fuerza con
miedo de caer al vacío que era ahora lo que hace unos segundos fue el baño de
la casa de Caroline.
Empujó y empujó hasta que finalmente la puerta cedió.
Michael cayó en la casa refugio en medio de Bagdad. Su sargento gritaba
órdenes que Michael no podía escuchar por el ruido de las balas que llegaban a
las paredes.
Michael leyó los labios del sargento: Busca una salida, era la orden que le gritaba. El corazón de
Michael latía con fuerza, buscaba por donde salir, quería volver a casa, volver
a Caroline, hacer una familia con ella y sabía que se le hacía tarde.
BEEP
Una vez más escuchó aquel fuerte sonido. Sonó aún más fuerte que todos
los disparos y explosiones a su alrededor.
La foto.
Recordó el amuleto que abandonó en el convoy. Tenía que recuperarlo, no
podía irse sin él. Sin pensarlo más y corriendo como un rayo Mike salió de la
casa en dirección al convoy. Las balas lo rozaban pero ninguna le dio. Ignoró
los gritos y maldiciones de su sargento mientras salía de la casa.
A la distancia la vio, la foto. Estaba en el tablero, solo tenía que
llegar, tomarla y regresar a casa. Siguió corriendo y al acercarse brincó hacia
dentro del convoy mientras le disparaba.
Michael se levantó en su camión de carga. Seguía lloviendo a cántaros y
la oscuridad impedía que viera algo hacia adelante. Recordó las llantas que
había perdido y se frustró y comenzó a golpear el volante.
BEEP
Aquel sonido ya era infernal para él porque le recordaba que se hacía
tarde y tenía que llegar. ¿Llegar a
dónde? Miró la visera y vio la foto de Caroline con sus dos hijos. A casa. Tengo que llegar a casa.
Encendió el camión y comenzó a conducirlo a pesar de los neumáticos
rotos. Iba saltando dentro de la cabina y aceleraba lo más que podía, empujando
el motor al límite. Mike pudo escuchar desde adentro cómo su camión hacía
ruidos que no se suponía que hiciera y que era señal de que debía parar. Pero
él no paró, él tenía que llegar a casa.
Finalmente el motor comenzó a calentarse. Michael comenzó a gritar y
maldecir pero siguió pisando el acelerador. Empujó su preciado camión hasta que
este no pudo más y se apagó. Sin saber qué otra cosa hacer, Michael tomó la
fotografía de su familia, bajó del camión y comenzó a correr en la oscuridad
bajo la lluvia.
“¡Caroline!” gritaba mientras corría.
BEEP
Otra vez aquel sonido. Michael se quedaba sin aire, pero no paraba de
correr.
Vio una luz en la distancia. Eso le dio las fuerzas que requería para
seguir adelante. Cada paso que daba hacía que la luz fuera más intensa.
TE AMO,
pudo escuchar muy clara la voz de su esposa en aquella oscuridad.
Ya casi llegaba a la luz y se dio cuenta muy tarde que, en plena
autopista, una luz solo podía significar una cosa, un auto. Pero no le importó
y continuó corriendo hacia ella hasta que finalmente la alcanzó.
Todo era brillante, blanco puro. Michael comenzó a mirar a su alrededor.
Le dolía el cuerpo. Estaba acostado, pudo distinguir. Tenía un tubo en su
garganta y escuchaba un “beep” que sonaba de alguna máquina. Estaba en un
cuarto de hospital.
Miró hacia delante y vio a su esposa Caroline, mirándolo en estado de
shock con los ojos hinchados como si hubiera llorado durante días. A su lado,
un hombre mayor con una bata blanca. Un doctor, supuso. Ella se veía diferente,
era ella, pero era como si hubiera envejecido en solo un día.
Caroline salió de su shock y fue a abrazarlo y comenzó a llorar en su
hombro. El doctor dejó caer su tabla de notas, claramente también estaba
pasmado.
“Yo sabía que ibas a volver, yo lo sabía”, escuchaba decir a su esposa
entre el llanto.
Minutos más tarde las enfermeras le habían quitado los respiradores
artificiales y las máquinas que tenía en su cuerpo.
“No es algo desconocido en el campo médico pero tampoco es algo usual”.
Michael escuchaba al doctor con atención. Caroline estaba junto a la cama
sujetando su mano. “Señor Almeida, hace poco más de un año usted sufrió un
accidente de auto y quedó en coma. Pensamos que ya no volvería a despertar y
discutíamos la posibilidad de desconectar sus máquinas artificiales. Bueno, me
alegro de haber esperado hasta ahora. Usted va a estar bien, lo mantendremos en
observación unos días y pronto podrá volver a casa con su familia”.
Caroline no le quitaba los ojos de encima a Michael y lloraba. Él pudo
notar que esas lágrimas eran de alivio al verlo recuperándose.
Cuando el doctor salió de la habitación ella lo abrazó nuevamente y
descansó a su lado. Las lágrimas caían por el hombro de Mike pero a él no le
importaba porque al fin estaba en casa.
“Volviste. Sabía que volverías”, le susurró ella al oído.
Mike lloró, conmovido por la alegría de su esposa. Solo tuvo fuerzas
para decirle, “tú me trajiste de regreso”.
Ambos se unieron en un abrazo que Mike deseó no terminara jamás.
FIN
El viaje a casa by David A. Maldonado is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International License.

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